Carlos Francisco Guadamuz
Cada día los niños juegan menos al aire libre y pasan más horas jugando en la computadora o los celulares. Ya no hay visitas a las casas de los amiguitos porque ahora se conectan por Facebook, Twitter o cualquier otra red social. Los adultos los miran con lástima pensando que ya no tienen la niñez que ellos tuvieron, o preocupados que crecerán cada vez más aislados. Y una vez más pienso lo que alguna vez pensé de niño: los adultos no saben nada.
Veo cómo los egresados de las universidades (y hablo de las buenas de Nicaragua) no tienen conocimientos sólidos de cómo manejar un paquete de procesamiento de datos, de cómo funcionan las transacciones en línea, de cómo crear o administrar una página web o aún más sencillo, de cómo configurar una simple cuenta de correo electrónico. Solo en América Latina y el Caribe hay 255 millones de usuarios de internet (la población total es de 589 millones aproximadamente) sin embargo, los adultos insistimos en obligarles a leer todos los clásicos de la lengua española y a tomar cursos sobre reflexión teológica y fe. Creo que no estamos viendo el elefante que tenemos en la sala; estamos enviando a nuestros hijos a la guerra armados con palos y piedras
Peor aún, las cosas básicas que deberían de saber no las enseñan en el colegio o en la universidad, mucho menos en las casas porque a sus padres no se las enseñaron. No hay una sola clase impartida acerca de nutrición en el pénsum escolar (cuando el problema de la desnutrición es uno de los mayores en el mundo). Por ejemplo, en Nicaragua, los productores venden las frutas y las verduras recién cosechadas a precios irrisoriamente bajos, para luego comprar una pieza de pollo de dudosa procedencia, y freírla.
Con respecto a nuestra “lucha” por salir de la pobreza, no estamos mejor. No hay una sola clase sobre finanzas personales, y sin embargo los préstamos, deudas, y tarjetas de crédito, son nuestro día a día. El Código del Trabajo se aprende hasta que la persona comienza a trabajar. Esto no tiene sentido alguno. Ni siquiera nos enseñan cómo se inscribe una empresa o negocio por más pequeño que sea, qué pasos hay que seguir y cómo funciona el pago de impuestos es cierto, hay algunas carreras que lo enseñan, pero debería de ser algo generalizado en un país donde se pretende fomentar el crecimiento económico. Todo esto no es culpa de los niños y jóvenes, es culpa nuestra.
Creo que somos nosotros, los adultos, a quienes nos cuesta trabajo seguirle el paso al desarrollo tecnológico que se produce día a día, quienes deberíamos darnos cuenta que por primera vez existen las condiciones y herramientas para que esta nueva generación, tan distinta a la nuestra, logre mediante un esfuerzo informado, organizado y colectivo, reparar poco a poco este mundo que tanto nos hemos empeñado en destruir. Y no es solo ser conscientes de esto, es necesario que tomemos una parte activa en lograr que tengan libre acceso a dichas herramientas y que las asimilen, como el aire que respiran, porque lo que para nosotros es un aprendizaje, para ellos es instintivo.
Ahora es cuando comienza verdaderamente el trabajo de los adultos, cambiando nosotros, adaptándonos nosotros, dejando de inculcarle límites a toda una nueva generación que nació sin fronteras, sin zonas horarias, sin necesidad de infraestructuras obsoletas para aprender, desarrollarse e innovar. El cambio comienza por la aceptación y la aceptación comienza por nosotros. El autor es administrador en Comercio Exterior.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A